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Curiosidades y recuerdos

Las rejas de Chapultepec son tal vez uno de los pocos objetos que han merecido una canción infantil, igual que el “osito panda, que aún no anda”.

Los leones que siempre guardaron la entrada de la Calzada del Emperador, hoy Reforma; durante muchos años estuvieron exactamente enfrente de la Diana Cazadora, que fue cambiada una glorieta más adelante y, a lo largo de su historia, ha estado vestida y desvestida. Cuando estaba frente a los leones y desnuda, uno de ellos la contemplaba ceñudo mientras que el otro, más pudoroso, escondía la vista.

En el espacio entre los leones y el Altar a la Patria, donde ahora está el Museo de Arte Moderno y que mucho antes ocupó el Restaurante Chapultepec, hubo un museo de la Flora y Fauna útiles, donde había enjambres de abejas y hormigueros con insectos vivos, que podían observarse a través de un cristal. También había pérgolas donde se hacían exhibiciones pictóricas y quioscos donde se daban funciones de títeres y se impartían talleres infantiles.

En un tiempo, el tramo entre estos museos y el lago estuvo completamente cubierto de hiedra rastrera y había calzadas y canales, con puentes hechos de troncos simulados de cemento iguales al mobiliario, que aún se conserva, del Parque México.

Otra curiosidad —más lejos, es cierto, pues casi siempre se veía desde el camión o el coche— eran los aprendices de torero que, por Avenida Gandhi, entrenaban con chalanes que corrían con cuernos verdaderos sobre la cabeza y banderillas en la mano hacia los aficionados que, a temprana hora, practicaban con capotes colorados.

En el Jardín Botánico se alquilaban bicicletas, triciclos y curiosos carritos con forma de avioncitos cuyas hélices giraban al compás del pedaleo. También los había con techo y ruedas, tirados por chivos con campanas.

Se podía subir en elevador hasta el Castillo: el largo túnel no olía bien y producía reacciones claustrofóbicas en algunos de nosotros. Parecía larguísimo. Había que penetrar al corazón de la montaña para subir a su cumbre.

En la Casa del Lago, cada domingo, además de jugar ajedrez en las mesas del enfrente de la entrada, en las escaleras había un curioso personaje: “el Papirolas”, quien repartía una hoja de reuso y, por un peso, enseñaba a quien lo deseara a hacer palomitas, patos, ranas, rehiletes y otras figuras que nunca se podían repetir sin sus instrucciones o sus muy refinadas habilidades.

Otras curiosidades que quizá viven en los recuerdos de muchos capitalinos son las tortas de milanesa, transparentes como una mica amarilla, del extremo del Lago Mayor; el túnel bajo la Calzada entre los lagos: la aglomeración, la oscuridad, tener la altura para alcanzar ya las barras, como escalera adosada al puente y poder impulsar la lancha, en la oscuridad, hacia el Lago Menor.

Texto:Elisa Ramirez.