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El Bosque de Chapultepec: un poco de historia

El cerro de Chapulín es el promontorio más elevado dentro del centro del Valle de México; sus laderas han sido lugar de defensa, sitio sagrado, observatorio y lugar de recreo para los habitantes de la ciudad desde antes de que ésta fuera tal. Los primeros rastros de actividad humana en Chapultepec se remontan a hace más de tres mil años; estos habitantes del Preclásico prefirieron el lugar por la pureza de sus agua y su variedad de especies animales.

Antes de la llegada de los españoles, los manantiales de Chapultepec proveían de agua potable a Tenochtitlan; hubo un acueducto para llevar el agua al centro de la ciudad hasta que el venero se secó, a fines del siglo XIX; a orillas del manantial los Mexicas construyeron jardines, palacio y baños. Cuando Cortés pretendió apropiarse del lugar, el bosque fue donado a la ciudad a perpetuidad por Carlos V, en 1530. Aún nos pertenece a todos y nos corresponde su conservación.

El bosque de Chapultepec es fuente y pulmón, remanso en la enorme metrópoli y testigo de la historia de nuestra ciudad, también está unido a las fantasías, los recuerdos y de infancia de todos los capitalinos.

Chapultepec fue amurallado desde tiempos virreinales y fue escenario de elegantes saraos. Sirvió de asiento a los poderes imperiales y republicanos. Aún hoy en los linderos de la primera sección se encuentran la Residencia Presidencial y sus Guardias. La zona fue escenario de la Batalla del Molino del Rey y del asalto al Colegio Militar, cruel recuerdo de la Intervención Norteamericana; desde entonces el colegio es antecedido por la H que se refiere a su Heroico desempeño. El Imperio de Carlota y Maximiliano dejaría de tener un tinte romántico si no pudiéramos asomarnos a sus jardines, aposento y salones de El Castillo, utilizado entonces como Palacio Imperial. Hoy en día, sigue siendo uno de los lugares más visitados por citadinos y forasteros, pues atrae a muy diferentes públicos.

La primera sección concentra importantes museos y centros de difusión cultural; es destino de los más humildes paseantes domingueros quienes visitan, sobre todo, el zoológico. Es lugar de recreación de niños y jóvenes, familias y ancianos. Aún es favorito de quienes se van de pinta, de enamorados, deportistas y solitarios que, entre ejes viales, buscan la sombra de los árboles para acompañar sus pasos robando una pausa a la vida agitada.

El diseño actual del bosque data de hace un siglo. José Yves Limatour, Ministro de Hacienda y encargado de la comisión para rehabilitar Chapultepec, era acusado de meterse hasta en qué comían los patos. El gusto porfirista deseaba emular los grandes bosques europeos —allí se realizaron grandes festividades, hubo un elegante restaurante, desfilaban calesa y carruajes, hubo secciones para pasear a caballo, quioscos, fuentes, avenidas, monumentos y escalinatas. Chapultepec heredó también una vieja forma de recreo popular, la romería, cuando se entubaron una gran parte de los canales y dejaron de ser destino campestre de los más humildes. Actualmente, la entrada gratuita al bosque, el zoológico y los museos (en domingo) permite pasar un día agradable sin hacer más gasto que el de una torta, un refresco, un algodón de azúcar y un boleto de Metro. Si en un principio fue favorito de los citadinos por estar apartado de la ciudad, ahora lo es por estar en el corazón mismo de la ciudad.

Referente necesario en el recreo y la educación, el bosque ha sido visitado por cada uno de los habitantes de la ciudad alguna vez en su vida, por numerosos visitantes del interior del país y por muchos extranjeros. Seis millones de visitantes llegan a la primera sección cada año, quince a sus tres secciones. Caminar, montar bicicleta, trepar o remar, escuchar un concierto o mirar largamente un cuadro; aprender algo de historia o ver al cantante favorito es algo que se puede hacer aquí. La historia del esparcimiento citadino puede leerse en Chapultepec, con la misma claridad que su historia ambiental, cultural, política o recreativa.

Chapultepec Prehispánico

La restauración del Castillo ha permitido una importante investigación arqueológica en el Cerro del Chapulín. En la ladera sur del cerro se encontraron restos humanos e instrumentos de más de 3 000 años. El cerro fue lugar de recreo desde tiempos de Izcóatl; sobre la roca de la ladera oriente hay restos de petroglifos con caras efigies de cuando menos tres monarcas y otros personajes notables, hechos para ser iluminados por el sol naciente. En la cima hubo un Adoratorio.

En 1466, Moctezuma construyó un acueducto de dos vías que llevaba agua potable hasta la ciudad —uno llevaba el agua mientras el otro se saneaba y limpiaba; midió casi cuatro mil metros y tuvo 904 arcos. El trozo de acueducto de la Avenida Chapultepec, del que se conservaron unos arcos sobre la antigua Calzada Belén, es colonial; llevaba el líquido desde el manantial hasta la fuente del Salto del Agua, en el cruce del Eje Central e Izazaga. En el Baño de Moctezuma hubo temazcales, canales para acopio de agua, fuentes, cascadas artificiales, cajas de agua o contenedores, estanques de peces. Sólo se conservan restos de La Alberca y de algunos muros de contención.

El Museo Nacional de Antropología es el  favorito de extranjeros y nacionales, recibe un millón doscientos mil visitantes al año. Este museo pretende dar una visión multicultural de nuestra historia y nuestra realidad presente. La planta baja cuenta con once salas y diez mil piezas; en la planta alta hay una colección etnográfica contemporánea. En la planta alta también, la Biblioteca Dr. Eusebio Dávalos, tiene códices, documentos antiguos, libros raros; es la biblioteca de historia y antropología más importante del país.

Por la entrada del Paseo de la Reforma se ve un gran Tlaloc, dios del agua. Fue traído desde Coatlinchán, Estado de México al inaugurar el Museo; era abril y hubo lluvias torrenciales fuera de temporada, que se atribuyeron a su espectacular llegada a la ciudad. Puede llegarse al museo también desde la calle de Gandhi o por el Museo Tamayo.

El Museo Nacional de Antropología se inauguró en 1964. En el cuadrilátero de la entrada, antes de la taquilla, hay una sala de exposiciones temporales, una tienda y librería, un auditorio y por allí se entra a la Biblioteca.

Pasando esta entrada, se llega al un espacio abierto con un enorme paraguas que, en efecto recolecta y recicla el agua de lluvia. Bordeando este estructura están las salas. Al lado derecho se comienza el recorrido de cinco salas: Introductoria, Culturas del Altiplano, Teotihuacan, Toltecas y al fondo está la Sala Mexica. Los monolitos sobresalen entre las dos mil piezas de la sala y se cuentan entre los favoritos la Piedra del Sol o Calendario Azteca, que pesa 24 toneladas y fue descubierto en 1790 al hacer obras de nivelación del Zócalo. Coatlicue, las serpientes emplumadas son también muy

gustadas. La exhibición sigue del lado izquierdo con salas de Oaxaca, Golfo, Maya, Norte, y Occidente. Además, a lo largo de todo el museo hay murales, maquetas, reproducciones de templos, murales antiguos y tumbas.

El piso superior muestra escenas de los entornos cotidianos de las culturas indias contemporáneas de México: instrumentos, casas, atuendo —complementándolas con fotografías, artesanía y herramientas. En el sótano hay murales mucho menos conocidos y una cafetería.

Una visita atenta a este Museo lleva, por lo menos, un día entero. Y aún así no basta: cada vez que regresamos, además de visitar una exposición temporal diferente, descubrimos piezas en las que nunca antes nos habíamos fijado, confirmamos nuestras preferencias por alguna cultura u objeto, disfrutamos o nos quejamos de los cambios realizados por los museógrafos y nos hacemos el propósito, nuevamente de ir con más frecuencia a un museo tan relevante.

Chapultepec Histórico

El Castillo ocupa el lugar donde el chapulín del toponímico se para sobre el cerro. Han ocupado la cima a través de los tiempos un santuario, una iglesia, un observatorio. Así como sus usos han sido diversos, también lo es su construcción, hecha en distintas épocas y según los criterios de modernidad, elegancia y eficiencia imperantes.

Bajo el Castillo hay restos prehispánicos y de una capilla colonial de base circular igual que el templo, descubiertos al remodelar El Alcázar; muchas de las construcciones han sido demolidas o restauradas sobre el mismo lugar.

En el ascenso, de niños, buscábamos signos indígenas sobre la piedra y jugábamos a revivir el Asalto al Castillo; buscábamos los sitios por donde podría haber caído Juan de la Barrera envuelto en la bandera y no había forma en que se despeñara lanzándose de la torre —pues creíamos que debió haberse arrojado desde lo más alto. Mucho después nos enteramos de que Venustiano Carranza, hacía más de cincuenta años, había ordenado la demolición de los restos del Colegio —¡qué decepción, todas las escenas imaginadas eran falsas!

Subir a pie vale la pena, perder el aliento se compensa al mirar el paisaje. Quienes no deseen trepar caminando, el Trenecito verde sube desde la Casa de los espejos.

El Castillo comenzó a construirse en 1785. Fue planeado como residencia para el virrey o casa veraniega, debido a las epidemias y los tumultos que impedían la vida cortesana pacífica en Palacio Nacional. Había que vivir cerca de la ciudad, pero no dentro. El virrey Gálvez muere sin terminar el Castillo, que acabó su hijo, el segundo virrey Gálvez. Nunca se habitó y más tarde fue subastado y adquirido por el Ayuntamiento de la Ciudad, dañado por un temblor. En 1843 el Colegio Militar se mudó al Castillo y se le hicieron adaptaciones para que funcionara como tal; fue parte de un complejo de militar que incluyó una fábrica de pólvora y los destacamentos militares de Las Ataranzas y el Molino del Rey; por eso había allí cadetes durante la Intervención de Estados Unidos —no eran realmente niños, sino jovencitos. Varias veces volvió a funcionar como Colegio Militar. El poeta José Juan Tablada cuenta en sus Memorias cómo escapaban, a finales del siglo XIX, por las laderas del cerro para ir de paseo a Tacubaya. Los cadetes eran los únicos que no se iban de pinta al Bosque, sino que salían de él.

Maximiliano y Carlota vivieron en el ala oriental del Alcázar a partir de 1864. Construyeron la Escalera de la Emperatriz y los jardines y las fuentes del Alcázar. La pintura Las Bacantes, del artista Santiago Rebull, famoso retratista y autor de los retratos de los emperadores, es de esa época.

En 1872 se construyó en el centro del jardín del Alcázar una torre de 9 metros, que debía servir al Observatorio Astronómico, Meteorológico y Magnético. Se le conoce como Caballero Alto. Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz la utilizaron como Residencia Presidencial. Durante el Porfiriato se planeó y rediseñó todo el Bosque, se instalaron los elevadores, la Escalera de los Leones y nuevos aposentos; se puso en el punto más alto de la torre un pararrayos. Díaz mandó traer de Europa vitrales emplomados, compañeros de los de Bellas Artes, de estilo art nouveau.

Después de la Revolución, Venustiano Carranza manda demoler el Colegio Militar, muy dañado tras la Invasión y las guerras. Obregón, a principios de la década de los veinte, rediseño de la fachada poniente, y encargó al escultor Asúnsulo el monumento a los Niños Héroes de una de las terrazas. En 1939 Lázaro Cárdenas muda la Residencia Oficial al rancho de La Hormiga, hoy Los Pinos, y decreta que el Castillo sirva como Museo de Historia.

El Alcázar, los jardines y el Museo fueron remozados recientemente. La nueva museografía añade el periodo que abarca desde el Porfiriato hasta la Revolución. El Museo se divide en dos secciones; una abarca desde la historia virreinal hasta principios de siglo XX, cuenta con once salas. La otra sección reproduce la vida de los diversos habitantes del Castillo: Sala de los Embajadores, Salón Chino, recámaras de Carlota y Doña Carmelita, Baño de la Emperatriz. El Museo pretende dar una idea de la vida cotidiana. Hay una sección con los descubrimientos arqueológicos de Chapultepec, salas con estandartes y armas, atuendos, joyas, muebles, escenas pintadas, retratos de los virreyes. Los murales y las exposiciones temporales y conciertos; los talleres y actividades hacen de este Museo Nacional de Historia uno de los favoritos para las escuelas y los turistas.

Los jardines y terrazas permiten una vista panorámica de los alrededores que vale, por sí misma, la subida. Si el día es claro, tal vez pueden verse los volcanes.

Las salas favoritas son la Recámara de la Emperatriz, la Sala de Armas; Las piezas más gustadas son la Carroza de Carlota y la Calesa de don Benito, que contrastan en estilos tan opuestos como sus proyectos de nación

El Museo del Caracol —Galería de Historia— se construyó en 1960 sobre el antiguo picadero del Colegio Militar. Pedro Ramírez Vázquez es el autor de la notable arquitectura en forma de espiral, donde se desciende sin darse cuenta. La exposición permanente, La Lucha del Pueblo Mexicano por su Libertad, es un buen resumen, a través de maquetas y diagramas, de un siglo confuso de nuestra historia, de guerras, golpes de Estado, pronunciamientos y caos. Cubre desde finales del Virreinato hasta la Constitución de 1917. Apoyado con videos, figuras, maquetas, retratos nos conduce con luz y sonido al centro del caracol. Además de visitas escolares, el Museo tiene talleres diversos para niños y jóvenes.

Recomendaciones

Una gran cantidad de dinero se ha invertido en el Plan Maestro para la Rehabilitación de la Primera Sección de Chapultepec. Dada su riqueza y su importancia para la ciudad, debemos colaborar en el cuidado y conservación del Bosque, pues hasta ahora sus usuarios son sus peores enemigos.

El Plan comenzó el segundo semestre de 2004, se detectaron problemas de estacionamiento, de acceso a las entradas peatonales, de seguridad y de desequilibrado uso de las instalaciones del Bosque, pues hay zonas muy frecuentadas y otras que casi nadie utiliza.

Rehabilitar el Bosque incluye descompactar el suelo, control de plagas nocivas, limpieza de lagos, nuevos sistemas de riego, nueva iluminación ornamental y mobiliario. Se ha hecho un puente desde el Metro y andadores para facilitar el acceso directo al Altar de la Patria, mejorado los servicios y regulado el comercio ambulante.

Todos los visitantes podemos colaborar en el control de la basura y el ambulantaje: basta usar los botes indicados y no comprar a personas o en zonas no autorizadas. Cuidar de la naturaleza y los animales, seguir los señalamientos, evitar y denunciar el vandalismo es tarea fácil solamente si la propiciamos y practicamos todos.

La Riqueza de Chapultepec como patrimonio natural merece el esfuerzo por conservar un parque que ha servido de testigo histórico; la variedad de servicios que ofrece para los diversos gustos, la memoria colectiva enlazada a su nombre nos hacen reflexionar acerca de cómo tratamos nuestro tiempo libre, nuestros remansos de paz y de recreo, nuestras escasos coincidencias con el entorno que nos hacen decir: yo soy de aquí yo aquí nací.