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Conoce la misteriosa historia de la cueva escondida en el Bosque de Chapultepec

Atrás del Sargento, ese viejo ahuehuete que ha visto todo lo que es posible ver en 300 años, se encuentra uno de los lugares más especiales de esta enorme Ciudad. Un espacio que hoy en día funge como un Audiorama donde puedes tumbarte a escuchar música, tomar un libro prestado o simplemente ver un cielo enmarcado por distintos tonos verdes. Fue en 1972 cuando el maestro Salvador Novo, quien en ese entonces era cronista de la ciudad, lo bautizó con un nombre náhuatl:

In xochitl in cuicatl= “La flor en el canto”.

Ahí, en ese lugar un tanto escondido, hay una cueva. Una que, según nuestros ancestros, es puerta, túnel y entrada al inframundo. Un portal de dimensiones místicas donde, con una veladora prendida todo el tiempo, se ofrece luz a los espíritus.

Nadie se sabe mejor la historia de esta cueva y, quizá, del Bosque entero, que el guardián de este espacio en este tiempo, su nombre es Carlos Hernández y Fernández y en 36 años de trabajo en Chapultepec ha estado encargado de las calandrias y el mototren, de los lagos de la 2ª sección, del tren escénico, de la Quinta Colorada y, finalmente, de este sagrado rincón. Don Carlos habla con la tranquilidad de quien convive y cuida a diario a los verdes seres vivos que rodean la cueva, el Cincalco que significa “Casa de maíz”.

Los primeros pobladores de este Bosque sagrado, dicho por los mexicas, fueron los teotihuacanos, posteriormente, llegaron los toltecas y al frente venía Huémac, un personaje  al que le gustaba apostar en los juegos de pelota. Su nombre significa “El de las manos grandes”.

En una ocasión apostó con los tlaloques, los sacerdotes del dios del agua. Tlaloc, y ganó el juego. Así que les pidió que pagaran la apuesta con pierdas de jade y plumas de quetzal, pero los tlaloques le entregaron mazorcas de maíz y Huémac las despreció.

Ofendidos, los tlaloques le indicaron que sería castigado y él y su pueblo sufrirían 4 años de sequía, lo cuál sí sucedió. Pasado ese tiempo, Huémac volvió al Bosque con lo sobrevivientes de dicha sequía y, una vez más, los tlaloques le entregaron mazorcas de maíz.

Al tenerlas en sus manos comprendió que era más importante el maíz que el jade, y arrepentido por el daño que le había hecho a su pueblo, se introdujo en el inframundo y ya no salió.

Según la leyenda, murió en su interior. Esa veladora es para que todos los espíritus tengan luz y paz. Recuerden que esta era una zona de manantiales y donde hay agua hay vida.