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Para frenar futuras pandemias es necesario proteger a la vida salvaje

Según Lee Hannah, un reconocido científico y directivo de la asociación sin fines de lucro Conservation International, existen cuatro aspectos críticos en la prevención y solución de pandemias. Tres de ellas hacen total sentido en el contexto de la emergencia que estamos viviendo: contar con máscaras y respiradores, tener una infraestructura robusta en los sistemas de salud,  prohibir la comercialización y el tráfico de la vida silvestre. Pero la cuarta recomendación es la más importante: CUIDAR LA NATURALEZA. 

El asalto a los ecosistemas que permitió al Covid-19 saltar de animales a humanos superó por mucho a otras malas prácticas ecológicas del pasado. Se atentó contra la biodiversidad y la biodiversidad  es la salud de todos los ecosistemas. Cuando se mantiene en un sano equilibrio, la propia naturaleza es capaz de contener a los patógenos, antes de que lleguen a los humanos y se contagien de formas incontrolables.  Según Hannah, hay una serie de cosas que debemos hacer una vez que salgamos de esta crisis para asegurarnos de que nunca vuelva a suceder y una de éstas, la más importante es proteger la biodiversidad y respetar la distancia que existe entre los animales salvajes y las ciudades.

El papel de la biodiversidad en la prevención de enfermedades ha recibido mucha atención en los últimos tiempos. En 2005, los científicos estudiosos de la diversidad biológica y la salud humana en las Naciones Unidas, escribieron que tener un enfoque ecológico de las enfermedades en lugar de estudiarlas de forma aislada, daría una mejor compresión de las causas y las soluciones. Investigaciones recientes han respaldado la idea de que la protección de la biodiversidad  puede evitar que nuevas enfermedades emerjan y muten de tal forma que sea más difícil entenderlas y controlar los contagios.

No todas las especies son susceptibles a las mismas enfermedades y no todas transmiten los patógenos de la misma manera. En diversos ecosistemas aislados de los asentamientos humanos, los virus fluyen y retroceden sin causar  problemas como los que actualmente vivimos. Sin embargo, cuando estos asentamientos humanos empiezan a crecer y a invadir, las protecciones que la propia naturaleza traza en sus ecosistemas se rompen. Los ecosistemas rotos o invadidos tienen a perder a ciertos depredadores, provocando la proliferación de criaturas más pequeñas que viven rápido, se reproducen en grandes cantidades y tienen sistemas inmunes más capaces de transmitir enfermedades sin sucumbir a ellas. Cuando sólo quedan unas pocas especies, éstas se convierten en portadoras de enfermedades que prosperan cerca de las personas, acortando así la distancia entre un pequeño patógeno mortal con toda la humanidad.

El riesgo de que un virus pase de la vida salvaje a las personas se incrementa en la medida que aumenta el contacto con estas formas de vida. Casi la mitad de las nuevas enfermedades que han brincado de animales a humanos, (patógenos zoonóticos) pueden atribuirse a los cambios del uso de la tierra, la agricultura, la cacería, el tráfico ilegal de especies. Tal es el caso del SARS, Ébola, VIH, Lyme, MERS, dengue, y otras. Existen más de 10, 000 virus transmitidos por animales que pueden ser mortales para las personas.

Estamos jugando con los sistemas naturales de tal forma que nos ponemos en peligro, a nosotros y al resto de los ecosistemas. La pérdida de biodiversidad es una de las causas de lo que ahora vivimos, el cambio climático es otro.

¿HASTA DÓNDE LLEGAREMOS POR PERPETUAR UN SISTEMA POLÍTICO Y ECONÓMICO QUE PONE EN ÚLTIMO LUGAR A NUESTRO PLANETA, A NUESTRO SUSTENTO, A NUESTRO EQUILIBRIO? La respuesta no es difícil: a la extinción.